Predicas para mujeres cristianas

NO LO CAMBIO A EL, CAMBIO YO


¿Qué se hace cuando las diferencias en valores convierte en abismal la distancia entre una esposa creyente y su
esposo que no lo es? La autora comparte de su propia experiencia cómo Dios le ayudó a acortar la distancia entre ella
y su esposo. Ella misma, sin perctarse, había construido una barrera entre ellos.

El domingo es mi día más solitario.
«Mami, ¿por qué tenemos que ir a la iglesia y dejar a papi?» gimió mi hijo de cuatro años.
«Sí, ¿por qué tenemos que ir si él no va?» agregó el de seis años.
Levanté mis hombros. Tratando de no hacer ruido nos deslizamos en el auto.
«Pero, ¿por qué papá no viene con nosotros, mami?»

Una vez más el Señor me ayudó a explicar que papá no iba con nosotros porque aún no creía en Jesús. Pero que si
éramos fieles y creíamos que Dios haría un trabajo especial en su corazón, entonces un día él nos acompañaría a la
iglesia. Los niños parecieron satisfechos y comenzaron a cantar coros de la Escuela Dominical mientras viajábamos.

Al caminar hacia la clase de los niños, observé a varios matrimonios caminando juntos. En la iglesia, me senté sola.
Una señora muy dulce se me acercó cuando terminó el culto y me invitó a las reuniones del grupo de solos. Sonreí y
agradecí sin explicarle. Después de la bendición, me escapé silenciosamente, dolida por mi marido.

Siete años atrás, justo después del nacimiento de nuestro primer hijo, recibí al Señor Jesucristo como Salvador. Aun
cuando mi esposo y yo éramos muy unidos, Esteban no me acompañó en la fe. No pude entender por qué el hombre
que yo tanto amaba no podía compartir conmigo algo tan hermoso.

Sabía que me amaba profundamente. Pero comenzó a ridiculizar mis nuevos valores, llamándome su pequeña
mojigata. Esto me dolía. Yo no podía soportar más sus constantes blasfemias y bromas sucias. Antes nos reíamos
juntos. Ahora, cuando él notaba mi silencio, se callaba confuso. Comencé a sentirme sola aunque estuviera rodeada
de amigos y parientes. No entendía por qué. Muchas de mis amigas cristianas decían que envidiaban nuestro
matrimonio. Entonces, ¿por qué sentía este vacío?

Un día de primavera Dios me hizo comprender. Era el día franco de Esteban y yo busqué hablar con él de diferentes
asuntos. Sin embargo el día se fue sin una oportunidad para que estuviéramos juntos. Mientras la soledad me oprimía,
le pedí ayuda a Dios. Sabía que Esteban era callado, pero últimamente se había vuelto demasiado callado. Entonces
recordé su frase quejosa: «Desde que te volviste una seguidora de Jesús, no podemos hablar casi de ningún tema. La
conversación siempre termina con Dios. Así que no te voy a contar ninguna cosa importante.»

Lentamente me di cuenta de que mis nuevos valores y deseos habían producido un abismo entre nosotros. Él no se
podía unir a mi nueva aventura. De hecho, si yo mencionaba mi vida espiritual, él se enojaba. A veces hasta temí un
ataque físico, una conducta inusual en mi tranquilo Esteban.

Me sentía sola porque no podíamos orar juntos por los problemas diarios, tampoco dar gracias por las comidas. No
podíamos compartir el amor de Dios lo que él estaba haciendo en nuestras vidas. No podíamos leer juntos su Palabra.
Una enorme parte de mí estaba cerrada para nuestro matrimonio. Y Esteban, amenazado por mi alejamiento, se
negaba a comunicar. ¡No era sorprendente que me sintiera sola!

Mientras oraba sobre nuestra situación, Dios me mostró que debía parar de demandar a mi esposo la llenura espiritual
y en su lugar debía volverme a él. Si realmente quería acercarme a Esteban, necesitaba parar con mi
autoconmiseración y centralizarme en las muchas áreas que compartíamos juntos.

Satanás quiere que permanezcamos en lo negativo y que sucumbamos en la desesperación. Dios quiere que nos
regocijemos en lo positivo. Sólo entonces él puede hacer algo hermoso de nuestro matrimonio.

Cuando comencé a buscar lo positivo, vi a Esteban de otra manera. ¡Me gustaba! Y comencé a compartir mis
pensamientos con él otra vez. Lo consultaba aun por minuciosidades. Quería que él supiera que yo confiaba en su
amistad y buen tino. En el pasado yo lo había criticado porque él no creía como yo. Esteban respondió prontamente al
cambio de mi actitud. Una vez más fue fácil tomarnos las manos y ser cariñosos el uno con el otro. Aún nos permitió
dar gracias a Dios por las comidas cada día.

Dejé de hacer todo un tema de las actividades de la iglesia, y comencé a asistir a reuniones sociales con Esteban.
Traté de no ostentar con mi estudio bíblico y oración. Expliqué a mis amigos de la iglesia que no podía atender
llamadas cuando Esteban estuviera en casa. Dejé mis actividades extras de la iglesia, para que Esteban se diera
cuenta que él era primero. No quería que compitiera con Dios y la iglesia. El cambio vino lentamente, y nuestro hogar
no fue más una zona de guerra.

Pasaron dos años desde que le pedí a Dios que me ayudara. Aún estoy tratando de corresponder a las necesidades
de Esteban y a sus pequeños esfuerzos de comunicarse. Con la ayuda del Espíritu Santo trato de mostrarle que lo
amo por encima de cualquier otra cosa. Y he establecido algunas metas para mi conducta.

Físicamente trato de estar lo mejor posible. El estilo del corte de cabello y la ropa que uso están a la moda. He
escuchado algunas historias sobre mujeres que se sentían demasiado espirituales para cualquier comunicación física
con sus esposos no creyentes. Me propuse no ser nunca como una de ellas.

Mentalmente me aseguro que la relación con mi esposo sea más que la relación entre una madre y sus hijos. Trato de
que nuestra relación no sea aburrida manteniéndome bien informada. Estoy lista para discutir temas mundiales así
como aportar nuevas ideas al trabajo de Esteban.

Espiritualmente, trato de incluirlo tanto como él quiera. No quiero que él sienta que está fuera del tema. Cuando hago
planes para la iglesia o para alguna actividad social cristiana, siempre lo invito sin presionarlo. Lo más importante es
que reconozco el liderazgo de Dios a través de Esteban en nuestra casa. Sus decisiones son respetadas. Y cuando el
tema es algo que la Biblia prohibe, una suave explicación que respeta su liderazgo es suficiente. Nunca debe tener la
impresión de que pienso que soy mejor que él. Dios compara a la autovaloración como trapo de inmundicia.

Repito 1 Pedro 3.1-2: «Así también ustedes, esposas, sométanse a sus esposos, para que los que no creen en el
mensaje puedan ser convencidos, sin necesidad de palabras, por el comportamiento de ustedes, al ver ellos su
conducta pura y respetuosa».

Desde mi perspectiva humana, parecería que Esteban resiste a la obra del Espíritu Santo. Él habla negativamente de
Dios y su Hijo. Rechaza mi nueva vida. Pero Dios me está mostrando otro punto de vista. Recuerdo lo molesto que
estuvo después de ver la película «Jesús». Recuerdo su agitado dormir durante muchas noches, su confusión al
considerar las nuevas ideas.

Una guerra espiritual se desarrolla sobre el alma de mi esposo. Por fe sé cuál va a ser su final. Mi parte en la batalla es
orar fielmente y amarlo profundamente. Luego le permito al Espíritu Santo que me muestre la forma de mostrarle
respeto y comprensión tierna y ser su más querida amiga.

Dios nos ha mantenido unidos, mientras que muchos matrimonios a nuestro alrededor se han quebrado. Dios nos está
ayudando ahora mismo, porque él me ha cambiado de ser una esposa depresiva y quejosa en una alegre y sumisa.
Pedí a Dios que cambiara a mi esposo pero él me cambió a mí.

Cuando comencé a obedecer a Dios, mi esposo notó el cambio. Me hizo notar que estaba feliz conmigo. Asiste a la
iglesia con nosotros y trata de complacerme. Nuestra relación se estrechó más que nunca, aunque él no es creyente
aún.

Mi prioridad hoy, no es salvar a Esteban (eso es trabajo de Dios), sino seguir al Señor y conocerlo. Porque Dios me dio
la habilidad de dejar a mi esposo en sus manos. Esteban nos está siguiendo.

El otro día, mientras lavaba los platos, de repente me di cuenta se que nuestro matrimonio era casi tan perfecto como
cualquier otro que yo conociera. Es tan bueno como muchos matrimonios cristianos que yo alguna vez envidié. Y lo
que es más, Dios está usando este duro tiempo de fe no compartida, para hacer su obra en mi vida. Él está suavizando
mis aristas y tornándome en una gema para su gloria.

Y espero el día en que mi esposo y yo seamos totalmente uno en Cristo.
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