Predicas para mujeres cristianas

MATRIMONIO CRISTIANO, EQUILIBRIO Y AMOR


Uno de los principales problemas que enfrenta la pareja son las relaciones desiguales entre el hombre
y la mujer dentro del matrimonio. Esta situación se ha hecho presente en la mayoría de las sociedades
a lo largo de la historia de la humanidad. Frente a esta realidad los autores comparten cómo ellos han
podido construir un matrimonio y familia en relaciones de equidad.

La pareja despareja

Uno de los principales problemas que enfrenta la pareja son las relaciones desiguales entre el hombre
y la mujer dentro del matrimonio. Esta situación se ha hecho presente en la mayoría de las sociedades
a lo largo de la historia de la humanidad (Querol, 2001). Ahora bien, la desigualdad en las relaciones
de género en nuestras sociedades se ha justificado de varias maneras. En esta oportunidad haré
referencia a una que se encuentra entre las más importantes: el concepto de que las mujeres son
inferiores a los hombres por naturaleza y mandato divino (Querol, 2001). Esto ha dado paso a maneras
desiguales en la distribución de roles de género en beneficio de sólo algunos.

Dado que biológicamente las mujeres se encargan de la reproducción de los individuos, el trabajo
doméstico y la crianza de los hijos se asumieron como su responsabilidad exclusiva. El trabajo
doméstico, aunque requiere dedicación de tiempo completo, no es remunerado, por lo cual es poco
valorado; además, se le atribuye carácter «femenino». La maternidad, por los significados emotivos
que conlleva y el vínculo madre-bebé, ha generado una serie de creencias infundadas acerca de que
las mujeres no podemos ser seres racionales, sino principalmente emocionales.

Por el contrario, en el caso de los hombres, una serie de prohibiciones culturales limitan sus
expresiones afectivas y cohíben su desarrollo en este campo. Esta situación refuerza la idea de que
sólo el género masculino es racional. Además, en la mayoría de las sociedades tradicionales, el
trabajo remunerado fuera de la casa ha sido definido socialmente como una responsabilidad
exclusivamente masculina.

Tomando como base esta diferencia de responsabilidades por género, se ha justificado que los
hombres gocen de más posibilidades para estudiar, trabajos más prestigiosos y mejores salarios en
comparación con las mujeres. En el seno del matrimonio cristiano, estos problemas sociales impiden
el desarrollo de hombres y mujeres según los potenciales que Dios les ha dado a cada uno, no
permitiendo el crecimiento integral de la familia.

En la actualidad, la situación económica obliga la integración al mercado laboral no sólo del esposo,
sino también de la esposa. Esta nueva realidad complica la relación, pues la pareja debe ponerse de
acuerdo en muchos aspectos de la organización de la vida cotidiana (Beck y Beck. 2001). Por ejemplo,
quién va a cuidar a los hijos y atender los asuntos relacionados con ellos.

Sin embargo, sucede que en la mayoría de los casos la mujer sigue siendo la responsable de las
tareas domésticas y la crianza de los hijos, además de tener el mismo horario de trabajo fuera de casa
que su esposo. Esta situación afecta no sólo a las sociedades latinoamericanas. (Informes de
investigación sobre este punto en particular pueden leerse en Botkin (2000), Greenstein (1996), FNUAP
(2000), Vega (2001) y Beck y Beck (2001).

Ahora bien, los cristianos hemos justificado y legitimado estas injusticias sociales mediante lo que
llamamos «la sujeción de la mujer», que trasmite la idea de que la única responsable de servir en el
hogar es la esposa. En consecuencia, el esposo está liberado de este deber dada su posición de poder
en la familia. Esta es una de las formas en que hombres y mujeres cristianos enseñamos a nuestros
hijos e hijas los conceptos anti-cristianos de inferioridad de la mujer, y de ejercicio del poder como
forma de hacer que me sirvan y no como servicio.

Asimismo, la sociedad ha privado a los hombres de la responsabilidad y el gozo de ser partícipes en la
crianza y educación de los hijos pese a que su deber delante de Dios requiere de un trabajo pro-activo
en esta área, con valores y metas inspiradas en principios bíblicos. El involucramiento masculino en la
vida de los hijos es parte de su contribución a la extensión del reino de los cielos.

La condición de sacerdotes que tanto hombres como mujeres tenemos delante de Dios (1Pe 2.5) nos
libera de las relaciones desiguales ante sus ojos, a la vez que nos hace corresponsables de la relación
de pareja y la educación de los hijos. También, la igualdad que se establece ante la presencia de Dios
nos muestra que el género no nos divide en cristianos de primera y segunda categoría.

La pareja pareja

Es preciso que la iglesia de Dios cuente con ejemplos vivos de familias que han logrado superar las
injusticias sociales, que responden eficazmente a las demandas contemporáneas y que educan a sus
hijos e hijas sabiamente.

Del mismo modo la paternidad y la maternidad deben redefinirse, pues las demandas actuales
requieren de un trabajo compartido bajo la guía del Espíritu Santo y la Palabra de Dios en la crianza y
educación de hijos e hijas. Asimismo, las relaciones de pareja deben tejerse sobre pilares bíblicos con
un hilo que facilite la comunicación y el acuerdo entre hombres y mujeres que viven bajo el señorío de
Cristo.

Ahora bien, el Señor nos proveyó principios fundamentales. Sin embargo, muchas veces nos
olvidamos de aplicarlos a la vida cotidiana, más concretamente a la vida familiar. Personalmente,
considero los siguientes de mucha importancia:

Amar a Dios sobre todas las cosas (Mt 12.30).

Amar al prójimo como a uno mismo (Mt 12.31) para que el mundo sepa que somos discípulos de
Jesucristo por el amor que nos tenemos unos a otros (Jn. 13.34, 35).

Sujetarnos los unos a los otros (Ef 5.21), pues somos el cuerpo de Cristo.

Servir como forma de vida, siguiendo el ejemplo del servicio de Jesús a toda la humanidad (Ef 2).

Estar en paz con Dios y con todos en tanto sea posible (He 12.14).

Predicar el evangelio y hacer discípulos (Mt 28.19 y 20), comenzando con nuestros hijos.

Si todos y todas practicáramos estos principios bíblicos en nuestros matrimonios todo sería más
equilibrado; no hablaríamos de machismo o feminismo, sino de seres humanos creados a imagen y
semejanza de Dios, de igual valor y con potenciales a desarrollar para su servicio.

Mi esposo y yo hemos tratado de construir una relación de pareja que supere las diferencias sociales
de género y considere a cada uno igual ante los ojos de Dios. Por esta razón, deseamos contarles un
poco acerca de la forma como hemos definido hasta el día de hoy nuestra vida juntos.

¿Es posible ser una mujer cristiana, madre, esposa, profesional, estudiante y servir al Señor al mismo
tiempo?

¡Muchas personas me han preguntado cómo puedo hacer tantas cosas a la vez! Es una pregunta difícil
de responder, pero voy a tratar de compartir con ustedes algo acerca de mi vida a fin de mostrar que es
posible hacer varias cosas a la vez y mantener un buen equilibrio.

Mi nombre es Keilyn, soy una mujer cristiana, hija de pastor, casada con un hombre cristiano
maravilloso, madre de un niño brillante de siete años y una niña lista y precoz de seis. Antes de
casarme había terminado mi carrera en Antropología y en medio de dos embarazos muy seguidos y
tormentosos logré acabar una licenciatura en ciencias de la educación. Siempre recuerdo que, aun
cuando no podía sentarme, yo imprimía los trabajos finales del último semestre de la Universidad para
que mi esposo saliera corriendo a entregarlos a los profesores.

Una gran parte de la posibilidad de hacer muchas cosas a la vez y de no descuidar mi vida familiar se
la debo a mi esposo. Cuando éramos novios siempre hablábamos de la importancia de que cada uno
se desarrollara como persona según sus intereses. Parte de nuestro compromiso marital fue un pacto
de apoyo al proyecto de vida familiar como corresponsables ante Dios del otro, de los hijos y del hogar.
Eso llevó horas de negociación.

Como crecí en un hogar cristiano siempre estuve cerca del servicio al Señor en medio de una vida
ajetreada y llena de carreras. Pese a todo, mis padres siempre encontraron tiempo para la diversión y
la educación cristiana de mi hermana y mía. Ese tiempo fue muy importante y nos permitió crecer en
una familia que, aunque con defectos e imperfecciones, siempre buscaba primero agradar a Dios.
Tenemos el privilegio de haber presenciado milagros, salvaciones y sanidades que a mí me hicieron
depender más y más de Dios.

Mi papá me enseñó que con la ayuda de Dios y bajo su voluntad yo podría hacer todo lo que me
propusiera, pues Él me había hecho una persona capaz. Siempre recuerdo que cuando vivíamos en el
campo muy lejos de cualquier cable eléctrico o de agua potable, todas las madrugadas papá me decía
que lo primero que debía hacer en mi vida era terminar la escuela primaria, luego la secundaria,
después ir a la universidad y por último podía casarme y tener hijos. ¡Bueno, yo seguí ese plan sólo
que aún sigo estudiando!

Mi mamá pasaba mucho tiempo leyendo y mi papá era el único del lugar que tenía una biblioteca, así
que crecí rodeada de libros.

Por otra parte, considero como hija de Dios que es muy importante el servicio en la extensión del reino
de los cielos. Me sería imposible sentirme completa sin ese aspecto de la vida cristiana. Por casi
quince años he enseñado una o dos veces al año el curso Antropología cultural y misión con la agencia
misionera FEDEMEC y la Universidad Evangélica de las Américas. Asimismo, desde hace varios años
apoyo en aspectos administrativos y un poco en el área educativa al Ministerio ETNO.

Además, para mí es importante seguir estudiando y que mi esposo también lo haga, aunque algunas
veces signifique acostarme a las 3 a.m. y levantarme a las 6 a.m., y pasar menos tiempo en la casa con
la familia.

Sin embargo, hay algo que tengo muy claro y que me ha ayudado a establecer prioridades en la vida:
la casa no necesita más de lo que necesitan las personas que la habitan. Ahora bien, cuando es
necesario mi esposo cocina, limpia la casa y disfruta pasar tiempo con los niños: contarles cuentos,
jugar, conversar. Es increíble cómo ha aprendido a estar con ellos, aunque tengo que confesar que al
principio me molestó que quisiera involucrarse tanto en la crianza; yo también tuve que cambiar.

En fin, mi esposo siempre quiso que en casa hiciéramos las cosas juntos; nuestro acuerdo
prematrimonial fue que él siempre lavaría la loza y yo tendría bebidas preparadas en la refrigeradora.

A fin de poder estudiar fue necesario conseguir trabajo extra para pagar los costos. Por esta razón,
estoy enseñando en la Universidad de Costa Rica mientras estudio el Doctorado en Educación en la
misma universidad. A veces es tanto el cansancio que desearía dejarlo todo y quedarme sólo con mi
trabajo en el Museo de los Niños, pero mi esposo me anima a seguir. Además, sé que Dios tiene algo
en lo cual podré servirle fielmente cuando termine este postgrado.

Mi esposo y yo creemos que la educación de nuestros hijos a la luz de la Palabra y en armonía con
nuestro Dios es muy importante. Dedicamos mucho tiempo a estar con ellos, al punto de que casi no
salimos con otros amigos. Mi hermana siempre me dice que Samuel y Abigail son niños felices y se
sorprende de las muchas cosas que están aprendiendo sobre el mundo que Dios nos dio. Algunas
mujeres me han preguntado si mis niños no están descuidados a causa de las muchas cosas que hago
todos los días, pero creo que no, pues tienen a sus padres con ellos.

Seguramente ustedes están pensando que sólo les estoy contando la parte buena. Pues también les
digo que no ha sido fácil. Hay días en que estamos muy preocupados por la situación económica de
nuestra familia y tenemos que buscar a Dios y confiar en él. La universidad es muy costosa y el dinero
no alcanza para todo. Otros días no nos coinciden los horarios para cuidar a los niños y tenemos que
buscar ayuda con las abuelas y la tía. A finales de semestre tenemos que ser pacientes y soportar un
poco de suciedad y desorden hasta que yo termine las clases. Muchas veces no hay tiempo para ir de
compras y la cocina se vuelve un desierto.

No obstante, les puedo decir que somos muy felices y que el secreto está en que cada uno depende de
Dios para amar a su prójimo como a sí mismo. Cuando vemos que no podemos más, oramos juntos y
buscamos la ayuda divina, pues sabemos que él nos dará todo lo que necesitamos para salir adelante
y glorificar su nombre.

¿Cómo puede un hombre romper con los esquemas sociales y amar a su esposa como a sí mismo?

Provengo de un hogar en el que mi madre tuvo la responsabilidad de ser madre y padre a la vez. Por
eso me acostumbré a la idea de que las mujeres pueden hacer cosas que normalmente sólo se les
permite a los hombres. Fui hijo único y durante años observé cómo mi madre trabajaba fregando pisos,
limpiando y cuidando niños para mantener nuestro hogar. A los diez y siete años obtuve mi título de
secundaria y conseguí mi primer trabajo para contribuir económicamente con los gastos y a los
veinticinco pude construir nuestra propia casa.

Cuando tenía treinta y dos años conocí a Keilyn, una mujer diferente a todas las demás, pues además
de ser cristiana era inteligente, terca, con ideas propias, sin problemas emocionales, una profesional
recién graduada de la Universidad, que tenía muy claro que su única razón de existir era «por la
misericordia de Dios», tal como me lo dijo una noche.

Cuando Keilyn estaba embarazada de Samuel padeció una enfermedad llamada prurito del embarazo,
que se complicó con constantes crisis de asma y rinitis. Fueron tiempos muy difíciles, pues varias
veces tenía que dormir en el hospital, lo que dificultaba su desempeño en el trabajo. En ese momento
tuve que apoyar en todo lo que podía para que todos saliéramos adelante y Keilyn se recuperara bien.

Nuestros trabajos son desafiantes pues, aunque no lo crean, laboramos en el mismo lugar. Durante un
tiempo fui asistente de la dirección, lo cual dificultó la relación pues teníamos que mantenernos
distantes en el trabajo y había información que debía mantenerse en privado.

Con respecto a las labores domésticas compartimos las tareas pues ambos regresamos a casa
cansados del Museo. Es interesante ver que Samuel le prepara comida a su hermanita Abigail, pues él
ha visto que yo así lo hago y eso no nos quita ser muy hombres. Como matrimonio no seguimos la
forma tradicional de organizar el trabajo de la casa, pese a que Keilyn cocina mejor, pues no podríamos
desarrollarnos los dos en lo que nos gusta y en lo que Dios nos ha mandado a hacer.

En cuanto a las relación de pareja, yo me enamoré de una mujer integral: con capacidades y dones
que debe desarrollar porque Dios se los dio. Nadie que tiene una luz la cubre con una «valija», ni la
pone debajo de la cama, sino que la pone encima en un lugar alto para que alumbre bien.

Yo creo que tanto Keilyn como yo somos responsables de velar por la salud de los niños y de ir juntos
al pediatra, aunque al principio cuando yo le preguntaba algo, él le contestaba a Keilyn. Ahora ya se
acostumbró a verme en el consultorio.

También Dios nos ha encargado la educación de los chicos, por eso les enseñamos de su Palabra y yo
les leo mucho la Biblia. Asimismo vamos juntos a las reuniones en la escuela y los dos hablamos con
los maestros cuando es necesario. Tengo la necesidad de saber de mis hijos pues son una
responsabilidad sobre la cual daré cuentas a Dios. Creo que nosotros los hombres cristianos debemos
romper con esas ideas seculares de que las mujeres educan a los niños y que a los hombres sólo nos
toca castigarlos y dirigir su educación.

Sobre esto tenemos un acuerdo con Keilyn: el que llega primero a casa revisa los cuadernos y pone a
los niños a hacer tareas.

El tener un hogar es un proyecto difícil. Sin embargo, el Señor nos ha guiado hasta aquí y ha sido
generoso dándonos la fortaleza y el gozo para continuar. Por eso hoy, ocho años después, la
misericordia de Dios nos guía y nos guarda.
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