Predicas para mujeres cristianas

LA ANSIEDAD


Hay más mujeres ansiosas que hombres. La ansiedad o angustia no es pecado, pero sí puede producir
reacciones pecaminosas. Para alivio nuestro, hay principios bíblicos para enfrentar la ansiedad sin
pecar. Algunos de estos principios se obtienen de la experiencia de nuestro Señor Jesucristo en el
Getsemaní.

Conozca cómo vivir en situaciones de angustia

Hay más mujeres ansiosas que hombres. Esta diferencia puede deberse a que las mujeres están más
expuestas a la ansiedad por las condiciones adversas a las cuales se ven sometidas: sobrecarga de
trabajo en el hogar y fuera de él, discriminación por su género, violencia intrafamiliar, soledad en la
crianza de los hijos y vulnerabilidad social, psicológica y biológica durante los años fértiles, la cual se
acentúa, por ejemplo, en la perimenopausia.

La ayuda contra la ansiedad existe y es muy acertada. Para encaminarla al encuentro de esa ayuda
nos gustaría animarla y ofrecerle dos opiniones relacionadas con esta situación: a) Hay principios
bíblicos para enfrentar la ansiedad que pueden serle de gran ayuda. b) La ansiedad o angustia no es
pecado, pero sí puede producir reacciones pecaminosas. Si no se trata correctamente, puede anular el
desarrollo de una persona, lo cual sí es muy serio.

«Eran las 3:00 a.m. de un sábado y de repente, sentí náuseas. ¡Ni siquiera logré llegar al inodoro!
vomité en el pasillo entre mi habitación y el cuarto de baño. Como a las 4:00 a.m. me sorprendieron
unos retortijones en el intestino y después siguió una diarrea. A este cuadro se le añadió un fuerte dolor
de cabeza y de nuevo las náuseas. Hice repetidas visitas al baño durante la mañana. A las 11:00 a.m.
tuve mi primer examen individual de flauta frente a tres profesores, miembros de la Orquesta Sinfónica
Nacional. Me dieron una nota de 95 puntos, pero aún después del examen mis piernas temblaban.
Nunca antes había sufrido algo similar.»

Esta experiencia sufrida por una niña de trece años ejemplifica una crisis de ansiedad. La ansiedad
puede definirse como un estado desagradable de temor caracterizado por un sentimiento de alerta, de
estar en guardia, vivido como anticipación de algo que se cree está por suceder pronto.

Todos los seres humanos experimentamos en algún momento de nuestra vida esa sensación con
variantes de intensidad. El problema se da cuando la ansiedad se prolonga, pues no permite a la
persona llevar una vida normal. Se debe diferenciar la ansiedad producto de una situación estresante
de la ansiedad como trastorno. Se dice que una paciente sufre de «trastorno de ansiedad
generalizada» cuando los síntomas se prolongan más tiempo de lo normal. Según la Organización
Mundial de la Salud (O.M.S.), si los síntomas se conservan durante la mayor parte de los días, durante
más de tres semanas consecutivas, es trastorno. Otros especifican que tienen que mantenerse seis de
los síntomas durante no menos de seis meses para clasificarlo como tal.

Los síntomas más comunes asociados a un estado ansioso pueden ser los siguientes:

· Tensión muscular manifestada por dolor de cabeza, incapacidad de relajación, agitación y
dificultades para conciliar el sueño.
· Hiperactividad del sistema nervioso manifestada por sudoración, palpitaciones, molestias
estomacales, dificultad en la respiración y sequedad de boca.
· Aprensión, preocupaciones y dificultad en la atención y concentración.

¿Cuál es, entonces, la ayuda acertada para enfrentar la ansiedad? Para responder nos enfocaremos
en una crisis de ansiedad intensa, pero que no es trastorno.

¿Quién no ha escuchado alguna de las siguientes frases en momentos cuando parece que todo se
sale de nuestro control?: «La situación no va a cambiar, no queda más que hacerle frente...» «Tal vez
deberías orar más...» «Todo va a salir bien, después de la tormenta viene la calma...» «Después de
todo, es mejor sola que mal acompañada...». Si bien es cierto esas palabras pueden darnos algún
alivio, también pueden hacernos sentir culpables o llevarnos a reprimir nuestros sentimientos. A veces
nos preguntamos: «¿por qué si soy cristiana, y líder, me siento tan mal?, ¿está bien que me sienta
así?, ¿por qué la situación no cambia? ».

Reprimir lo que sentimos no nos ayuda a vivir en la situación angustiante. Esos sentimientos forman
parte de nuestra humanidad. El ejemplo insuperable es nuestro Señor Jesucristo, quien vivía en
relación íntima y permanente con Dios. La experiencia de él en el Getsemaní ?narrada por Mateo,
Marcos y Lucas en sus evangelios (Mt 26.36?46 y 51?54; Mr 14.32?42 y Lc 22.39?46)? nos permite
analizar cómo se puede enfrentar la angustia (ansiedad intensa). En el caso específico de Jesús
pueden observarse cinco elementos importantes:

1. Reconoce que sufre una crisis de angustia. En las tres narraciones hay varias frases que nos
orientan a conocer la clase de angustia que nuestro Señor sufrió en aquella ocasión: «comenzó a
entristecerse (en Marcos: «afligirse», que en el idioma original es: «sentir pavor») y a angustiarse», «mi
alma está muy afligida (en el idioma original: «tristeza profunda»), hasta el punto de la muerte». Este
tipo de ansiedad se presenta en un episodio de gran intensidad. Él acepta que está en angustia. Tiene
muchos sentimientos encontrados: pavor, tristeza profunda, angustia? Según como el mismo Señor la
describe, es tan aguda su aflicción, que siente que va morir por ella. No se refiere a la muerte de cruz
que bien sabe pronto sufrirá.

Muchos cristianos creen que el vivir en Cristo vuelve la vida color de rosa, y por tanto, el sufrimiento
debe de ser ajeno a su vida. La falsa idea de que un líder no puede sufrir vulnerabilidad, llanto,
desánimo ni sentirse mal, puede llevarnos a reprimir nuestros sentimientos y a utilizar caretas. Si no
aceptamos que tenemos angustia no podremos enfrentarla.

2. Busca acompañamiento. Observe las frases incluidas en los textos de Mateo y Marcos: «tomando
consigo a Pedro y a los hijos de Zebedeo», «quedaos aquí y velad conmigo». Las citas anteriores
demuestran que Jesús no ocultó sus sentimientos a sus amigos más íntimos. Esto nos reta a nosotras,
las mujeres, a aprender a tener amigas con quienes externar nuestras luchas más profundas e íntimas,
pues en ellas podremos encontrar el apoyo requerido. Y aunque tal vez ellas no expresen palabra
alguna, con un abrazo, una palmada o una simple lágrima que brote de sus ojos nos acompañarán en
la tristeza o en el dolor y harán una diferencia en nuestra vida. No es saludable para quien está en una
crisis de ansiedad o angustia permanecer sola.

3. Depende de Dios. «Adelantándose un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo?». En la cita
podemos notar tres acciones importantes de Jesús en esa situación de angustia: buscó estar a solas
con Dios, depositó su carga sobre Su Padre y oró específicamente por su necesidad buscando la
voluntad del Padre: «no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras». La lección por aprender es que
Jesús, aunque buscó la compañía de sus amigos más íntimos también se acercó a su Padre en una
forma más personal e íntima. Él era consciente de que necesitaba un tiempo a solas con su Padre para
desahogarse y sobre todo, para depender de él, confiar en él, porque estaba seguro de que Dios
tendría el control de la situación. De igual manera nosotras podemos depender de nuestro Señor,
aunque en nuestra humanidad no entendamos cómo puede él llevar nuestras cargas y dolores.
Depender de él es reconocer que somos débiles, es admitir que nos sentimos desprotegidas, que
estamos atrapadas, sin salida.

4. Recibe fortaleza divina. «Se le apareció un ángel del cielo fortaleciéndole». Después de esa frase,
Lucas afirma que el Señor estaba «en agonía, oraba con mucho fervor y su sudor se volvió como
gruesas gotas de sangre». Con esta secuencia se nota fácilmente que hay una relación entre fortaleza
y agonía. La palabra agonía significa «conflicto», «tensión», «concentración de facultades», es la lucha
que se libra por alcanzar una meta. Es decir, la fortaleza en tiempo de angustia se vuelve fundamental
para concentrar todas las fuerzas a fin de discernir lo que hemos de pedir y cómo hemos de actuar. La
angustia puede propiciar un sinfín de tentaciones, pero si tenemos la fortaleza del Señor, podremos
pelear contra ellas y mantener la lucidez para pensar y actuar correctamente. Es una lucha entre
voluntades, la nuestra ?impregnada de deseos engañosos? y la del Padre. Por supuesto que este
esfuerzo deja un gran agotamiento mental, emocional y físico (por eso, en circunstancias de ansiedad
se recomienda el uso de suplementos de vitaminas o reconstituyentes, por ejemplo un complejo de
vitamina B, bajo supervisión médica).

5. Ejerce dominio propio. La dependencia de Jesús se hace evidente en su arresto. En Mateo 26.52?
54, cuando Jesús confronta a Pedro por su reacción, pueden observarse tres principios esenciales para
tener dominio propio, el cual es vital para enfrentar la angustia: Primero le pide que «vuelva su espada
a su sitio». Las situaciones no se controlan empleando la violencia ni otros métodos que dañen la
integridad física o psicológica de los demás. Muchas mujeres en ansiedad presentan serios
descontroles, se vuelven agresivas de palabra y físicamente, lo cual agrava su situación y las aleja de
la posibilidad de un respiro. Luego, teniendo en cuenta su condición de Hijo, le pregunta «¿Piensas
que no puedo rogar a mi Padre ? pondría a mi disposición ahora mismo??». No debemos tomar
ventaja deshonestamente de ningún privilegio que tengamos para salir libradas de una situación de
angustia. Es deshonesto que no nos importen las consecuencias eternas de nuestras acciones. Esto
definitivamente no es dominio propio. Pablo en Filipenses 4.6?8 anima a sustituir el afán (que no es
ansiedad, sino producto de la misma) por la dependencia de Dios, y asegura que el resultado será una
paz incomprensible que protegerá nuestra voluntad y nuestra mente en Cristo. Entonces tendremos
pensamientos capaces de dirigir una conducta sabia en situaciones de angustia; no seremos ni
agresivas ni deshonestas. Por último, lo cuestiona de tal forma que lo obliga a prestar atención al
resultado eterno de sus acciones: «¿Cómo se cumplirán entonces las Escrituras?». Es menester
preocuparnos porque los planes de Dios avancen y por dar testimonio de la fidelidad de Su Palabra.
Solo así, podremos concentrar nuestra atención en cumplir la voluntad de Dios.

La ansiedad puede generar males de todo tipo, especialmente si somos nosotras quienes llevamos
nuestras cargas y no el Señor. Gastritis, problemas cardiacos, tensión arterial elevada o peores
malestares pueden llegar a maltratar nuestros cuerpos y hasta convertirse en enfermedades crónicas o
en patologías difíciles de tratar. Pero las consecuencias no solo afectan nuestro ser integral, también la
irritabilidad que produce la ansiedad no controlada nos hace hablar de manera precipitada y
generalmente herimos o descargamos nuestra frustración en los que nos aman.

Identifiquemos las fuentes de tensión en nuestra vida. Así como pueden ser problemas agudos o
extremos, pueden ser asuntos «triviales». El deseo de adquirir algo para nuestra casa que no es
indispensable, sentir que no entregaremos a tiempo un trabajo, ver que nuestro ministerio no avanza
como quisiéramos, etcétera, pueden ser fuente de tensión. No importa cuál sea la situación, lo
substancial de todo el asunto es entender que ninguna de las aflicciones deberá controlar nuestra
voluntad y mente. Se nos ha dado el Espíritu Santo que puede producir en nosotras dominio propio, si
se lo permitimos (Gá 5.23, 2 Ti 1.7, 2 Pe 1.6). Sí, Dios tiene control de las circunstancias, pero nosotras
debemos tener control de nuestra mente y voluntad con el dominio propio que Él produzca en nosotras.
Así que, en cuanto a lo que a nosotras corresponde, organicemos el tiempo, marquemos prioridades y
tracemos un plan lógico y razonable que nos permita alcanzar las metas trazadas en Cristo. Solo así,
podremos controlar las ansiedades y enfrentar los problemas. Descansar en Dios implica actuar en él.
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